Comparto en este blog una publicación del pasado domingo realizada por Rosa Montero en su columna del País Semanal.
Interesante reflexión: Que los libros nos salve la vida.
Los ciudadanos del primer mundo vivimos
dentro de un espejismo de seguridad, pero estamos a un paso del abismo.
Al menos siempre nos quedarán los libros.
domingo 22 de octubre de 2017. Rosa Montero
ESTOY EN LA PEQUEÑA pero formidable feria del libro de Gaillac,
un precioso pueblo francés cercano a Albi. La feria, que dura dos días,
está plantada en una plaza, un montón de carpas alegres y blancas. Aquí
nos sentamos nada más y nada menos que 70 autores tras nuestros libros
(un enorme plantel para una feria así). Por las tardes se anima, pero
por las mañanas hace un frío pelón y, mientras nos encaminamos hacia una
probable cistitis, nos pasamos horas sin vender un colín. Bueno,
exagero: de cuando en cuando se acerca alguien y te compra una novela, y
entonces tú te sientes tan agradecida que inmediatamente le pedirías en
matrimonio, independientemente de su edad y su sexo. En realidad somos
como feriantes de los mercados callejeros, feriantes vendiendo
calcetines y bragas de palabras.
Tiene su gracia este regreso a la compraventa más básica, al arte
como un modesto exudado de la realidad cotidiana. Hoy en esta plaza de
Gaillac ofrezco libros en un puesto como podría ofrecer manzanas, porque
ambas cosas nos sirven para mantenernos con vida. Hace dos días me
preguntaban en Toulouse si las novelas pueden proporcionarnos salidas y
consejos en los momentos de profunda zozobra como el que vivimos
(escribo este texto, que tarda dos semanas en imprimirse, un día antes
de la supuesta declaración de independencia) y yo contesté que no, si de
lo que estamos hablando es de una fórmula de urgencia para vadear la
crisis. Uno no escribe para enseñar nada, escribe para aprender, para
intentar poner un poco de luz en las tinieblas de lo que somos. El
sentido de escribir novelas es la búsqueda del sentido de la existencia,
y no podemos traicionar esa ambición pura de conocimiento para dar
doctrina, por muy bien intencionada que esa doctrina sea.
Y, sin embargo, no me cabe la menor duda de que los libros nos salvan la
vida y nos ayudan, justamente, a sobrellevar los momentos más duros.
Decía Camus que el arte en general, y la literatura en particular, era
nuestra mayor arma contra el horror. Siempre me ha maravillado esa foto
de 1941 de una biblioteca londinense destruida por las bombas nazis. El
techo se ha caído, formando una colina de cascotes en mitad de la sala.
Pero tres paredes siguen en pie, cubiertas aún de estanterías y de
libros, y cuatro hombres están distribuidos por la precaria ruina,
mirando los lomos, ojeando algún volumen, absortos en lo que hacen.
Podría pensarse que andan buscando algo con lo que evadirse de su
situación, pero yo creo que están haciendo justo lo contrario: no leen
para olvidar, sino para luchar contra la oscuridad. Porque en la
continuidad de los libros y en la complicidad con tantas otras personas
que, lejos en el tiempo y en el espacio, apostaron por la sensatez y la
convivencia reside la esperanza de un futuro luminoso pese a todo. La
larga trenza que a lo largo de los siglos formamos los lectores y los
escritores (que también somos lectores) es la cuerda que nos saca del
pozo.
Los ciudadanos del llamado primer mundo vivimos dentro de un
espejismo de seguridad. Nos creemos tan a salvo de todo que a veces
hasta nos pensamos inmortales, cuando lo cierto es que la realidad es un
tembloroso castillo de naipes, un reflejo en el agua que una simple
piedra puede destruir. Mientras escribo esto, mis amigos de la hermosa
isla de Puerto Rico llevan tres semanas sin luz en un 90% de la
población, sin agua potable en un 65%. El huracán María abrasó la isla
como un fuego; no queda ni una hoja, ni un verdor; la gente vive entre
las ruinas sin techo de sus casas, expuesta a las enfermedades, el
hambre, la sed, la inseguridad. Es como un ensayo general del
apocalipsis. El mundo conocido puede desaparecer en un segundo, por un
soplido de ogro de la naturaleza o por un despertar del monstruo
interior, como sucedió en Yugoslavia, cuando viejos y amables vecinos
comenzaron a sacarse literalmente las tripas los unos a los otros.
Vivimos a un paso del abismo.
Por eso me conmueve esta preciosa y pequeña feria con su empeño de
encender de palabras la oscuridad. Porque en lo peor de la noche siempre
nos salva la poderosa magia que los libros encierran, a saber: alguien
que necesita compartir y alguien que escucha.